
Para cuando hayas terminado de leer esta frase, habrás parpadeado al menos una vez. Los humanos parpadeamos entre 15 y 20 veces por minuto, un movimiento casi inconsciente del párpado superior que mantiene los ojos limpios, húmedos y protegidos. Es un reflejo que comparten casi todos los vertebrados terrestres con extremidades (lo que los científicos llaman tetrápodos) y que está casi totalmente ausente en animales acuáticos como los pezcados, sus antepasados.
Un equipo de biólogos evolutivos se propuso descubrir cómo y por qué evolucionó el parpadeo. Dado que los peces empezaron a arrastrarse por tierra hace casi 400 millones de años, estudiar el proceso en acción, tal y como nació, es imposible. Además, los ojos, músculos y otras partes blandas no suelen sobrevivir en los registros fosiles.
Así que los investigadores recurrieron a los saltadores del fango (también llamados salta fangos del Atlántico o saltamontes), un grupo de peces anfibios que viven en las marismas de África y Asia y que desarrollaron el parpadeo independientemente de los tetrápodos.
Un nuevo estudio publicado en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences revela que tanto los peces que no parpadean como los saltafangos siempre han tenido los músculos necesarios para parpadear. Esto significa que la transición de nuestros antepasados tetrápodos a la tierra seca (y la necesidad de ver bien) fue probablemente lo que impulsó el fenómeno del parpadeo.
El hecho de que los peces actuales tengan los músculos necesarios para parpadear “nos ha aportado una nueva perspectiva sobre algunos de los requisitos para ver realmente en tierra firme”, afirma Sandy Kawano, bióloga evolutiva de la Universidad George Washington de Estados Unidos, quien no participó en el estudio.




